La vida en un hilo tiene la magia en los diálogos de los más grandes guionistas y directores. La comedia inteligente de Edgar Neville recuerda a Wilder, Sturges o Lubitsch, con el encanto nacional de Jardiel Poncela o Mihura. El humor de esta cortísima y divertida película es sofisticado e intemporal. Una historia sobre el destino, las expectativas, la rutina y la imaginación. El amor debe sorprender si quiere seguir siendo amor, y al cine le sucede lo mismo. Por eso esta película romántica se mantiene moderna e inalterable en el tiempo, con una historia tan universal como arraigada en su tierra y su tiempo.
La descubrí en Flixolé; una plataforma que no deja de crecer y que tiene una selección imponente de uno de los mejores cineastas españoles de todos los tiempos (y también uno de los menos valorados). Edgar Neville merece más. Seguiré hablando de él en las próximas semanas.
Hizo más de 100 películas de todo tipo, algunas deplorables en largas décadas de olvido de la industria. Pero Bette Davis reinó en los años 30 y 40 como muy pocas actrices. Ganó 2 Oscar (Peligrosa, 1936 y Jezabel en 1939), pero podía haber logrado 5 o 6 estatuillas más, una de ellas por La loba. Esta película de William Wyler se estrenó en 1941 y obtuvo 9 nominaciones sin premio, pero han pasado 80 años y sigue siendo un clásico inmortal, con una protagonista perversa y vulnerable que domina una gran historia de avaricia y decadencia.
Lilian Hellman fue la escritora de la obra de teatro original y su adaptación al cine. Palabras mayores. La calumnia, La jauría humana, Julia... Una escritora excepcional que compone personaje polifacéticos con un detallismo que un gran cineasta como Wyler supo aprovechar. La historia podría haber sido fácilmente fagocitada por el personaje principal, pero hay una docena de secundarios con vida propia que se quedan en la memoria. Encantadora la pareja compuesta por una jovencísima Teresa Wright y Richard Carlson; una historia de amor y humor dentro de un drama telenovelesco elevado a condición de tragedia sobre la corrupción humana.
Hay películas perfectas y La loba es una de ellas. Al menos no soy capaz de decir algo que se pueda mejorar en este monumento del cine clásico.
John M. Stahl es de esos directores invisibles que no suelen aparecer en ningún tipo de listas. Nacido en una familía judía y rusa en el actual Azerbaiyán fue director de más de 30 películas, la mayoría de ellas en Hollywood. Entre sus grandes títulos como cineasta están La usurpadora (1932), Imitación de la vida (1934), Que el cielo la juzgue o Las llaves del reino (ambas de 1945). Protagonizada por Gregory Peck, esta versión de la reconocida novela de A.J. Cronin es todo un clásico. Con un guion inmortal de Nunnally Johnson (Las tres caras de Eva, Las uvas de la ira), la película tiene 5 o 6 grandes personajes dotados de ternura y empatía con el espectador gracias a un casting ejemplar. Gregory Peck es el sacerdote de mirada amable, el sentido común y la audacia de los santos aventureros, pero también está su mejor amigo agnóstico (entrañable Thomas Mitchell), la inicialmente desconfiada Madre María Verónica (Rose Stradner), el altivo Angus Mealey (Vincent Price) o el misterioso terrateniente chino Mr. Pao (Phillip Ahn).
La película obtuvo 4 nominaciones a los Oscar (una para Gregory Peck) y, 75 años después de su estreno, sigue resultando una gran película gracias al diseño de producción, el reparto, la planificación y el sugerente libreto.
Hay un cine en el que te sientes cómodo. Te gustaría sentarte a hablar con los personajes, comer con ellos, pasar más tiempo que el ajustado metraje. Raíces profundas es un western en el que brilla la autenticidad de cada detalle: la deliciosa tarta que hace Jean Arthur, la inocencia sencilla de Van Heflin o la mirada nostálgica de Alan Ladd). George Stevens tiene una filmografía impresionante (Gigante, Un lugar en el sol,El diario de Ana Frank), pero probablemente Raíces profundas sea la más perfecta e inmortal. Cada personaje es un tesoro dibujado con detalles mínimos y fácilmente accesibles a todo tipo de públicos.
De esas películas que es casi imposible encontrar errores, y que cada nuevo visionado mejora al anterior.
Las 3 horas de duración de Rocco y sus hermanos (1960) son, probablemente las mejores de Luchino Visconti junto con los 186 minutos de El gatopardo (1963). La descripción de una familia que deja el entorno rural para construir una vida nueva en Milán, tiene el detallismo y la sugerencia de las grandes obras del cine. Rocco, interpretado por un primerizo Alain Delon, tiene la vulnerabilidad y el carisma de un personaje imborrable. Al igual que esa Mamma italiana que chilla, abraza y pierde con frecuencia sus nervios desatados. La belleza de la planificación que logra Visconti, hace que su contemplación produzca una verdadera catarsis.
El neorrealismo de la película tiene un esteticismo muy compatible con ese verismo en el vestuario, las localizaciones o la decoración de interiores. La fotografía de Giussepe Rotunno (Los girasoles, All that Jazz, Amarcord) y la música de Nino Rota (El padrino, Romeo y Julieta, Fellini, ocho y medio) muestran el talento desbordante de estos dos grandes maestros del cine italiano.
En la ceremonia de los Oscar de 1962 coincidieron Ingmar Bergman y Luis García Berlanga en el sprint final por el premio a la mejor película extranjera con Como en un espejo y Plácido, respectivamente. El director sueco ya había sido premiado el año anterior por El manantial de la doncella, mientras que Berlanga llevaba la segunda película española a los Oscar (cuatro años antes, Juan Antonio Bardem había sido nominado por La venganza;un premio que finalmente se llevó Jacques Tati por Mi tío)
Hace unos días pude ver la película con la que Bergman ganó Berlanga; un drama intimista y psicológico que conserva esa amargura y soledad que caracterizó la obra del cineasta y dramaturgo de Upsala (Suecia). Destacan la perfección en la composición de los planos, el reparto y la fotografía, pero el guión y el tono han envejecido más que en otras obras maestras del cineasta sueco como Fresas salvajes o Fanny y Alexander.
Calificación: 8
El paso del tiempo ha sentado mejor aPlácido, una comedia navideña muy negra y ácida, pero con una maestría en las escenas corales, los diálogos y el ritmo que sigue siendo admirables. Berlanga no volvió a ser nominado a los Oscar, y el cine español tendría que esperar otras dos décadas hasta que Garci obtuviese la preciada estatuilla por Volver a empezar.
Fritz Lang dirigió 44 películas. Muchas de ellas obras maestras, especialmente de cine negro, género en el que fue uno de los grandes maestros. Los sobornados (1953) es cine que no caduca, de personajes con vida propia, cada uno detallado en cada frase y cada mirada. Como esa escena final entre Glenn Ford y Gloria Grahame, sublimes los dos,que define un romance fatal que brilla imprevisible en el último crepúsculo.
Sydney Boehm (Los implacables, Siete ladrones) no volvió a escribir un guión así nunca, pero este libreto es suficiente para ser un ejemplo de desarrollo de personajes, de los famosos giros que hacen que la historia explote por completo, y los diálogos que explican certeramente la humanidad de los desalmados y la supervivencia de los perdedores.
Aunque no suele aparecer en primera fila, Nicholas Ray (1911-1979) fue uno de los mejores gracias a películas como En un lugar solitario. Cine negro con una caligrafía perfecta de personajes complejos, románticos perdedores y violencia imprevisible. Con un guion perfecto de Andrew Solt (Mujercitas, Juana de Arco) la película es tan completa, medida y sugerente que dan ganas de para el proyector y volver a ver la escena. Humprhey Bogart y Gloria Grahame son el paradigma del amor torrencial que amenaza con acabar con todo, de esa difícil empatía y confianza cuando la pasión forma parte de la rutina.
Esa señora de la limpieza que se pasa el día fumando y termina siendo una celestina imprevista no tiene precio. Y esa declaración de amor en la cocina... Y esos secundarios... Una obra maestra de 89 minutos que no le sobra ni un plano ni una línea.
Delbert Mann venía de dirigir Marty en 1955, película por la que había ganado 4 Oscar importantes: película, director, actor y guion para el mítico Paddy Chayefski. Algunos la infravaloraron por ser una obra demasiado pequeña y televisiva para ser tan galadonada en los grandes premios del cine. Tres años después adapta Mesas separadas, la obra de teatro de Terence Rattigan (El caso Winslow, La versión Browning).
David Niven, Burt Lancaster, Rita Hayworth, Deborah Kerr, Wendy Hiller, Gladys Cooper y Rod Taylor componen un reparto estelar que interpreta a un grupo muy heterogéneo que convive en un pequeño hotel. Delbert Mann demuestra que no es un director menor con una planificación excelente en el que la cámara se desliza lentamente salvando las evidentes dificultades de rodar un texto tan teatral. El guion de John Gay (Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Torpedo) fue muy respetuoso con la delicada y sugerente obra de Rattigan, permitiendo que los personajes reflejasen una gama muy amplia de registros.
La película obtuvo 7 nominaciones al Óscar y 2 estatuillas para David Niven y Wendy Hiller. Un premio menor para el gran clásico que sigue siendo.
Stanley Kubrick siempre quiso ser perfecto. El mejor cineasta y el más innovador. Probablemente con Orson Welles nadie haya sido tan ambicioso con el séptimo arte. Creo que eso les llevó a la perdición después de hacer algunas obras maestras incuestionables en sus primeras décadas como creadores profesionales independientes. Recientemente he podido admirar Atraco perfecto (1956) y Senderos de gloria (1957)que Stanley Kubrick rodó de manera consecutiva.
De Atraco perfecto podría hablar horas, pero yo prefiero escucharles... Firmo todo lo que dicen. Cine negro a la altura de las más grandes como La jungla de asfalto, Perdición o El sueño eterno.
Calificación: 9
Senderos de gloria es la mejor película de la casi olvidada Primera Guerra Mundial. El antibelicismo de Kubrick que luego le llevaría a filmar La chaqueta metálica logra aquí una retórica perfecta. Visualmente la película no tiene precio desde la escena del ataque suicida al tramo final, para mí lo más esperanzado que hizo este cineasta algo enloquecido y enormemente cruel en sus retratos del ser humano.
De metraje y ritmo ejemplar la película sigue siendo un monumento que cada década que pasa es más impresionante, más actual e impactante.
Samuel Raphaelson fue uno de los grandes guionistas que trabajaron bajo el mando del maestro Ernst Lubitsch. Juntos realizaron comedias de un humor elegante y divertidísimo como Un ladrón en la alcoba, Ángel, El bazar de las sorpresas o El diablo dijo no (1943).
El protagonista es un casanova encantador interpretado por Don Ameche, un seductor imperdonable que nada más morir se encuentra con el diablo a las puertas del infierno. Toda esa primera parte es sensacional con un tempo y un estilo visual brillantísimo. La película casi alcanza las dos horas con un ritmo que nunca decae gracias a los innumerables diálogos desbordantes de ingenio y sutileza.
El personaje de Gene Tierney es tan encantadora y arpía como su amante caradura. Pero más allá de la pareja protagonista hay una decena de secundarios que genera constantes golpes de humor inmortales.
Una genialidad de arriba a abajo que no se suele incluir entre las obras maestras de Lubistch.
En el último mes he visto 3 películas sobre el pintor holandés muy distintas. La más reciente es la película de Julian Schnabel, cineasta y pintor,(La escafandra y la mariposa) por la que William Dafoe consiguió una nominación al Oscar al mejor actor principal. Es una película de detalles geniales y momentos exasperantes. Una película de autor para bien y para mal que arranca de manera espectacular y acaba por derribo.
Entiendo que esa planificación nerviosa de constante movimiento y desequilibrio ayuda a entender al artista pero acaba siendo excesiva. Y la reiteraciones obsesivas de Vincent que el director transmite con monólogos interiores hacen que la película se repita así misma y no avance dramáticamente. Algo similar a lo que le sucede a una música que le viene pequeña a la historia, le falta emoción y variedad. Por último, los personajes secundarios apenas están esbozados sin llegar a profundizar en ninguno a pesar de tener actorazos como Oscar Isaac, Mads Mikkelsen o Mathieu Amalric. Calificación: 7 Loving Vincent es uno de los experimentos más originales de los últimos años. Este film polaco sobre Van Gogh está animado por los trazos nerviosos del pintor holandés. Una verdadera belleza que además cuenta con un guion prodigioso que permite conocer al artista complejo desde puntos de vistas muy diferentes. La película te hace mirar de otra manera contemplando como lo hacía el pintor y entendiendo una sensibilidad muy peculiar.
Uno de los grandes aciertos es la premisa de la película que permite que el espectador vaya conociendo las diferentes capas del protagonista a través de una carta que no llegó a ser enviada.
Loving Vincent logró en 2018 la nominación al Oscar a la mejor película de animación.
Calificación: 8´5
Unir el color de Van Gogh y el de Minnelli en una película sólo podía dar una película fascinante visualmente. El loco del pelo rojo encandila desde sus primer plano: ese texto en letras de tipografía reconocible del artista holandés. Kirk Douglas no se llevó el Oscar finalmente a pesar de estar nominado pero su interpretación es extraordinaria: entre enfermiza, volcánica y sensible. El que sí recibió estatuilla fue Anthony Quinn que interpretó a un Paul Gaughin irascible y tosco.
A la película le falta un guion menos disperso y más acertado en el último tramo en que la historia se hace algo plomiza y los personajes no culminan con la intensidad que deberían. El libreto de Norman Corwin (La señora Chesney, La maja desnuda) tiene algunas escenas dialogadas con interés y otras demasiado confiadas en la pericia visual de Minnelli y los actores.
Aún así es una de las mejores películas sobre la pintura que ha aportado el séptimo arte.
Jack Clayton fue un director británico que siempre ocupó las segundas filas. Nunca estaba en la lista de los mejores directores pero en su filmografía hay títulos tan impecables como Suspense. A las nueve cada noche (1967) es una historia macabra de terror con niños. Una película de tensión permanente sin puertas que chirrían ni espíritus malignos. Simplemente hay un cadáver en una casa sin padres.
El reparto es desconocido con excepción de Dirk Bogarde que hace un personaje seductor y perverso. Pero el elenco de jóvenes actores te sobrecoge por su credibilidad y un guion que retrata perfiles muy bien delimitados. Pamela Franklyn había resultado perturbadora en su papel de Flora en Suspense, y el encantadorMark Lester enamoró al público en Oliver. Clayton mueve la cámara con la seguridad y personalidad de los maestros que hacen todo muy sencillo, y Georges Delerue (384 bandas sonoras a sus espaldas: Love Story o Platoon entre otras), añade una música levemente tenebrosa que envenena el pacífico hogar de los hermanos Hook.
Un musical debe tener buenas canciones y Mary Poppins returns carece de ellas. Por lo demás la película es más o menos defendible: buen reparto con Emily Blunt a la cabeza, nostálgicos cameos de Angela Lansbury y Dick Van Dike, un atractivo vestuario colorista, un diseño de producción notable... El problema es cuando suena la música y empiezan a cantar. Ahí estaba gran parte de la magia de la inmortal Mary Poppins de Robert Stevenson con canciones y música de los hermanos Sherman.
Han pasado más de 50 años y generaciones enteras se saben de memorias estrofas completas de Con un poco de azúcar o Supercalifragilisticoespialidoso. Me gustaría preguntar a la salida de los cines donde se proyecta esta continuación de Mary Poppins si alguien es capaz de tararear alguna canción de las que acaba de escuchar en la película. Hagan la prueba. La banda sonora de Marc Shaiman es para tipificarla en el Codigo Penal. No hay ritmo ni originalidad por ningún lado. Los personajes cantan porque hay que cantar pero el baile, la música y las letras son tan grises como el cielo londinense.
Por otra parte Rob Marshall acertó de pleno en Chicago pero el resto es para olvidar: Annie, Into the Woods, Nine. Además reconozco que tengo un problema y es que últimamente estoy repasando la filmografía de Vincente Minelli. Y ver en la misma semana un musical de Rob Marshall y cualquiera del director de Un americano en París, Brigadoon o Cita en San Luis es muy peligroso. Los 130 minutos que dura La nueva Mary Poppins sobreviven gracias a que tienen una gran historia detrás. Ni el director ni el guionista (David Magee: La vida de Pi, Descubriendo Nunca Jamás) aportan ese punto de personalidad y hechizo necesario para que las aventuras que viven sus peculiares personajes sean realmente inolvidables.
Mientras que en la película de 1964 había cientos de guiños cómplices al espectador sobre el modo de ser de los británicos, el feminismo o la fantasía como un modo nuevo de vivir la rutina, en esta actualización hay un intento asfixiante e inútil de no estropear el original. Al final el barco se hunde en un estilo neutro e insignificante.
Como homenaje a Mary Poppins quedará la nada despreciable Al servicio de Mr. Banks: una película elegante que animaba a ver la excelente película original interpretada por Julie Andrews en 1964 (he vuelto a verla en las últimas horas y he comprobado que es una de esas obras maestras que cada día que pasa está aún más encantadora). Seguiré soñando con el día en que pueda ordenar así mi habitación con un simple chasquido de dedos.
No se puede entender el cine musical sin Alan Jay Jerner. Él fue el compositor y guionista de Un americano en París, Gigi, Camelot, Melodías de Broadway 1955, My fair lady... Casi nada. En 1954 inventó una historia que sobre el papel resultaría imposible pero Vincente Minnelli aceptó el reto y creo una fantasía para quedarse a vivir en ella. Imaginación al poder para llevarnos a un lugar mágico en medio de ninguna parte. Brigadoon es el mejor cine en color; nunca se ha logrado ese tono y ese brillo. Especialmente la primera media hora de película es magistral, con esas coreografías multitudinarias y esa pareja divertidísima compuesta por Gene Kelly y Van Johnson. El Cinemascope impagable de los años 50 nunca volverá.
La vida de Judy Garland fue la de una auténtica estrella. De esas que iluminan un firmamento con una existencia brillante y amarga. En este documental se reconocen las carencias de los niños prodigio maltratados por la fama y la ambición de sus padres.
Ha nacido una estrella ya había sido llevada al cine con mucho éxito por William A. Wellman en 1937 con Fredrich March y Janet Gaynor de protagonistas. En 1954 George Cukor volvió a contar esta historia con Judy Garland en un momento de su vida especialmente delicado de su vida. La actriz ofreció probablemente su mejor interpretación con un desarrollo dramático conmovedor que aunaba la tragedia y la magia del espectáculo. A su lado estaba James Mason como el alcohólico mecenas que aupaba a la artista a lo más alto de la fama para luego...
La película dura 175 minutos llenos de esplendor en las coreografías y escenas dramáticas verdaderamente desgarradoras. Martin Scorsese la incluía entre las películas que más le habían marcado. Es uno de los grandes musicales y uno de los mejores retratos del Hollywood dorado.
Ha nacido una estrella tuvo otra versión, muy poco destacable, setentera en el peor de los sentidos, con Barbra Streisand y Kris Kristofferson como protagonistas. Hoy veré la última de ellas, con Bradley Cooper y Lady Gaga. Ya os contaré.
Que una película tenga o no ritmo es algo más subjetivo de lo que parece, aunque hay excepciones. Preston Sturges, uno de los gigantes de la comedia americana, realizó en 1941 una de sus mejores aportaciones al cine: Los viajes de Sullivan con Veronica Lake y Joel McCrea de protagonista. El arranque es explosivo, una catarata de ideas brillantes sobre la creación cinematográfica y las reacciones del público. Después de este inicio la película tiene un muy buen nivel pero no mantiene ese humor e ingenio. Basta con esas primeras escenas para revisarla con admiración y aprender como se construye ese ritmo que hace que una película viaje en la imaginación del espectador.
Me encantan las listas y este libro es una gran lista. Muy documentada y maravillosamente editada. Fundamental para no olvidar tesoros del cine clásico. Cada película tiene un comentario breve de prestigiosos críticos de cine de todo el mundo, una ficha técnica que incluye las nominaciones y premios importantes, alguna anécdota del rodaje o del estreno y una cita relacionada.
Aunque en los comentarios críticos hay una carencia importante de síntesis en la descripción del argumento, la mayoría de reseñas tienen un toque personal y un apunte enriquecedor (algo que no es fácil a la hora de comentar clásicos tan analizados como El ladrón de bicicletas, Casablanca, El padrino o La guerra de las galaxias).
Cada uno de las películas se contextualiza dentro de la historia del cine, descubriendo influencias y cercanía estilística entre cineastas. Este tipo de comparaciones enriquece el contenido y sirve para mostrar la universalidad del cine. Además cada año lo reeditan e incluyen (y eliminan) algunos títulos actualizándolo.
Si algo se le puede recriminar al libro es la selección que hace de las películas “necesarias”. Es un debate eterno entre cuáles deberían estar y cuáles no. Por eso se advierte en el prólogo de Ian Haydn Smith (escritor de otro clásico de las listas cinematográficas como TCM International Film Guide) que “Todo depende de los gustos personales. Lo cierto es que cada uno de los títulos provocará algún tipo de reacción, buena o mala, pero nunca indiferente”. Efectivamente es fácil reaccionar al ver que se incluyen 8 películas de Jean-Luc Godard (las mismas que de John Ford), 7 de Federico Fellini, 5 películas de Paul Verhoeven, Oliver Stone y Ang Lee (igualados con Fritz Lang o Charles Chaplin), 4 de Nicholas Roeg (coincidiendo con Dreyer o Max Ophuls), 3 de Jim Jarmusch y Pedro Almodóvar (al nivel de F.W. Murnau, Clint Eastwood, Yosujirō Ozu o Vittorio De Sica) y dos del mismísimo Michael Moore. Mientras, otros directores como Cecil B. De Mille, Henry Hathaway, Shyamalan, Miyazaki, Wayne Wang, Mel Gibson o Denys Arcand sólo tienen una representación.
También hay algunos nombres importantes olvidados como Luis García Berlanga o Hirokazu Koreeda en prejuicio de directores como Joss Whedon, Roland Emmerich o Guillermo del Toro.
Dentro de la selección de grandes cineastas desconcierta el excesivo número de películas escogidas de Hitchcock (16), Bergman (10) o Steven Spielberg (9). De éste último resulta curioso que entre las seleccionadas estén El color púrpura y Lincoln, dejando fuera El imperio del sol, Indiana Jones y la última cruzada, Inteligencia Artificial, Minority Report o Munich.
Probablemente la gran virtud del libro es que anima a ver buen cine recordando títulos interesantes algo olvidados como La amargura del General Yen de Frank Capra, Desengaño de William Wyler, Make Way for Tomoroow de Leo Mc Carey, The Battle of San Pietro de John Houston, Noche y niebla de Alan Resnais, Campos de sueños de Phil Alden Robinsono La boda de Muriel de P.J.Hogan.
1993 fue un año redondo para el cine. Aún recuerdo las 5 nominadas en una ceremonia de los Oscar que ví codificada y con el audio impagable de la Cadena Ser. Lo que queda del día. La lista de Schindler, El fugitivo, En el nombre del padre... Sólo sobraba El piano, que tenía una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine y mucha vaciedad barrocamente disimulada.
En el nombre del padre es una de las mejores película de Jim Sheridan, que era un cineasta magníficos en los 90 y principio del siglo XXI. Mi pie izquierdo, El prado, The boxer, En América... Un director irlandés que además escribía sus películas. Un autor en toda regla. Emma Thompson, Pete Postlethwaite y Daniel Day Lewis estaban sublimes en esta historia real que dejaba muy mal al Reino Unido y a su clase política y jurídica.
135 minutos de poderío dramático, veracidad histórica y una canción final de Sinead O´Connor que te quedabas escuchando hasta el final de los títulos de crédito. El shock cinematográfico que sentí al acabar de ver esta película (el clímax del juicio es un portento) aún lo tengo grabado. Y han pasado 25 años.
En el nombre del padre no ganó ninguna de sus 7 nominaciones al Oscar. Era la noche de Spielberg. Se lo había ganado. Pero la película de Sheridan sigue en el Olimpo del cine jurídico.
Uno, dos, tres es una de las comedias más divertidas e inteligentes de Billy Wilder. Con la Alemania dividida en dos de los años 60, esta historia ridiculiza el muro de Berlín, el nazismo, la superficialidad norteamericana, el comunismo... Con acidez y un ritmo vertiginoso de diálogos sencillamente geniales que pelean por superarse entre ellos.
Poner al frente a James Cagney como gran jefe de promoción de Coca-Cola era una opción insólita. No era el actor que nadie hubiese imaginado pero su interpretación es colosal. Sus chasquidos de dedos, la hiperactividad de sus movimientos, los gritos con los que organiza toda una "campaña" para salvar el puesto ante su superior hacen de este personaje uno de los más logrados en la comedia americana de los años 60.